miércoles, 25 de enero de 2017

Acuérdate de olvidar




Y no, no serás para mí el cuchillo

Serás el que se quedó encerrado 

Fuera de mi ovalada pupila negra.


De mí sólo recordarás

                                                          ©  Oscar Millarengo



Que tengo plomo en las venas 

Que ardo como el papel

Y que no, no soy de cristal.



A arriba firmante Franciska Pkypk.





sábado, 25 de junio de 2016





Ci sono cose nelle quali noi mortali ci perdiamo come un 

vecchio nel posteggio di un grosso centro commerciale.


Stiamo lì, sul filo del rasoio dei minuti persi e delle giornate

che stanno per arrivare.


Quando siamo venuti al mondo a nessuno di noi é stato detto 

che il gioco era questo, che i giorni vengono regalati, mai 

venduti e mai sprecati.


Ho corso come una pazza per cercare di arrivare, per 

stancare così tanto l’altra me che quasi non mi sono accorta

che in questa corsa sono passati cinque anni, di quelli 

importanti, di quelli che ti fanno invecchiare, di quelli che 

fanno marcire gli alberi più grossi.


Sono.


Vengo del freddo e adoro consumarmi sotto un clima caldo

che schiaccia il mondo, che ci rende tutti uguali come la 

morte, come il sesso.



E ti scopo. E mi piaci. Ma non godo. Non con l’anima…

Forse pure le nostre scopate sono solo a metà.



 Ti ho detto che mi ero innamorata di te: forse sono come 

Alice: «que dice que te quiere cuando ya te ha abandonado».



* Corrección: Mirko TB.





jueves, 16 de junio de 2016

Gústame !!!!!






Son desas ás que lles gusta beber cervexa, chupitos e queimar pitillos:

Xuntarse con descoñecidos  e desface-lo mundo.

Gústame desbocarme cando se me sae a alma do pelexo,

E que os días de choiva sirvan para ir de charco en charco,
con catiúscas vellas.

Ir de festi e poñerlle nome ós meus tenis;

Que ninguén me diga quen son nin o que teño que facer.

Gústanme os vestidos lilas, as saias curtas e os pantalóns longos,

Gústame o monte á noite e á alba.

Gozo das posibilidades que se abren ante min cando comezo a saír do túnel.

Gozo de trampear algunha noite e de “mañanear” ó carón de boa xente.


Vivo actos mínimos de rebelión e gravo, a ferro, na miña memoria

ás nenas que dende piollas se poñen firmes sobre as súas pernucas.


Sedúcenme as mentes afiadas coma coitelos, as xentes que loitan,

pola súa vida e pola súa terra.


Adoro verte cada día en pé dicindo “queda moita pedra por picar”.



E a todo o resto do mundo danme ganas de lles dicir berrando:


¿Tí que cona fas?.


martes, 14 de junio de 2016

Sobre débedas e flores



 



Chegaches unha noite fría, cos ollos acugulados de estrelas;

Enchendo de faíscas o mundo, levando contigo

a miña alma que non estaba en venda.

Para ser quen somos non hai palabras no meu libro

Non hai verbas no meu dicionario

para explicarvos como cega esta néboa.

Baleirámonos neste sistema global e globalizado.

Pero aínda así, sen verbas, sigo sendo.

E besbello o teu nome nas fondas corredoiras da noite,

besbello paseniño, repítoo, como única verba redentora imposíbel.

Debúxoo cun dedo no vidro dos autobuses que xa non collo

escríboo no espello do baño cando saio dunha ducha quente,

tatúote na alma dos sen conciencia,

e retumbas nas miñas orellas e no meu peito.


 Besbéllote liberdade

e vocalízote como se aprendera a falar de novo.





domingo, 12 de junio de 2016

Mi Lobo.Tercer Aullido



Y me llegaron noticias, noticias de huida, de un lobo que corría como el viento por no saldar su deuda, por salvar su vida. Una deuda contraída por su estirpe, muchas lunas antes, tantas como siglos, con un brujo que quería dominar la Herida, hacernos siervas y sumisas. 
Hacer olvido de nuestras hierbas, de nuestras danzas, de nuestros encuentros que desde aquel entonces se hacían a escondidas. 
Lanzaba manadas de lobos contra nosotras, las elegidas. Él, aunque poderoso, sin la ayuda del lobo, no nos vencía. Ansiaba borrar nuestras señas, las de la madre artemisa, los conjuros, nuestra herencia de druidas.  

Y él, mi asesino, corría y corría renegando de la línea de su sangre, hacia su estigma, hacia su propia elección de vida. No hallaba ya donde esconderse, ni riachuelo ni cueva le servían de guarida. Lo cercaban los hombres, con hoces y antorchas encendidas. Lo veía cada noche corriendo por la campiña.

Siete días después, entró en nuestro viejo bosque, El Cubierto de los Druidas, tierra sagrada, prohibida para hombres y lobos, prohibida para los que no nos entendían. 

Sus perseguidores quedaron fuera, temerosos de las muchas maldiciones que en ese bosque se cocían. Allí en ese lugar no lo seguirían, tenía hambre, sed y poca experiencia aún en esa vida; no sabía que era ya un prófugo, un condenado, por no ejecutar a la mendiga. Ya no había tiempo, ahora él, me pertenecía, el no haberme matado cuando mandaba la profecía, significaba eso que la sentencia  era  falible que el vaticino del Oráculo Rojo no se cumpliría: matar a la muchacha la noche en que soñase con magas, dientes de lobo, sangre y heridas.

Había que aprender una lección profunda, silenciosa y sencilla: los que encadenan su nombre en el cielo no se exterminan.

Él era el último lobo negro; ella la última descendiente sana de la Herida, cada uno con su cadena, cada uno en su mantra de elegía.

Cayó desmayado al suelo, ni un sólo músculo le respondía, siete ríos, siete sueños en siete días... Pensó que había llegado su hora, cuando su hocico no se alzó del suelo ante la aproximación de una sigilosa sombra, pisando suave la hierba movida por la brisa. Trajo agua fresca que caía suave y lenta por su piel mullida. Durmió horas, tal vez días y yo lo miraba desde el conjuro del agua preguntándome el porqué de todo aquello y si sobreviviría.

En el bosque quedaba sólo una hacedora de pócimas, cansada e intranquila, sus ojos azules se habían hecho ciegos, únicamente sus manos veían.

Tenía hambre, sed y sus patas en carne viva. Se levantó suave, hasta la cola le dolía, y siguiendo el murmullo del río pronto llegó a la orilla. Lentamente avanzó, mojando las patas heridas, soltó un ligero gruñido y cerró los ojos llenos de mariposas encendidas, estuvo quieto un rato, olisqueando el aire, agudizando el oído. Intentando saber cuán lejos estaban los hombres que lo seguían.

Cuando sentí que se alzaba, recogí mis pertenencias, hice un hatillo, apreté la talega estrecha entre mi cuerpo y la camisa de lino, fijé a la cinturilla de mi falda mi puñal, engarzado con piedras del destino, cubrí mi cabeza y cerré mi capa, monté sobre el lomo de la sombra y, rauda, me puse en camino. 

Debía llegar antes, antes de que los hombres ardiesen el bosque, antes de que el lobo volviese y cercenase mi suave cuello con una ira desconocida.


martes, 17 de mayo de 2016

O Falar dos Vellos.





A morte chega e te leva, segura e fera,

Déixate batendo nos camiños do mundo

Abríndoche o peito, sacando para fóra

O aire pútrido mesto.


Ó lonxe fitas e ves o falar dos vellos

E ninguén pensa e ninguén chora como

Choran os nosos nenos; coa alma limpa

Coa vida chea, cos soños enteiros.


E por máis que caian as bágoas

Do silencio, por máis que perdamos

Soñando os soños, todo o que foi certo,

Aínda temos a liberdade de ser lume,

Osíxeno, combustión no medio do cemento.




Mi Lobo. Segundo Aullido



Llegó a mi vida un día cualquiera de febrero, aún cachorro, con unos ojos como el cielo de las noches de invierno; me atormentaba, rondándome, como queriendo cazarme como si entre él y yo hubiese un lazo casi casi perpetuo: una condena tatuada en su pecho; era su lengua la que lo hacía cercano y temido como una tormenta de arena en un desierto.

Rondaba por callejuelas estrechas, por un centro barroco dónde muchas de nosotras estuvimos presas. En esos días caminaba yo todavía libre, inconsciente de mi herencia, del legado de los siglos sobre mis hombros claros y mi lacio pelo.

Él ya me intuía, no atacaba, no corría hacia mi garganta desnuda, ni con las fauces abiertas, ni todavía era hijo de su padre, arma cargada y cierta. Sólo me rondaba, quizá imaginado como sería hacerme su presa.
Fueron noches largas con mañanas serenas, el tiempo era laxo y los sueños sólo sus sueños.
Sus patas se hicieron largas, su hocico inquieto, saltaba por los tejados, aprendiendo mis secretos, su manto fue cambiando y mi cabello creciendo. Lo coronaba ya una estela blanca de invierno. Se hizo adulto y lo llamaron a filas, a cumplir con lo que había sido impuesto. La caza no perdonaba ni a quienes cuyos nombres se enlazaban en el cielo.

Las magas, un día, se me aparecieron en sueños, traían un cuchillo ensangrentado, heridas por su cuerpo y un colmillo marfileño, nítido, que enterraban en un agujero. Estábamos en el monte de mi infancia, rico, pleno y lleno; robles, castaños y abedules se enredaban a la carrera e mi pelo.
Una estrella se hizo fuerte en mi frente y una angustia llenó  mi pecho, a la carrera mis pies descalzos pisaban musgo y helechos; no soñaba evasión, soñaba con él persiguiéndome, no parecía un sueño. Oía el crujir de las ramas, sentí sus patas en mi espalda y rodamos por el suelo. Con la humedad en mi frente se hizo el silencio.

Sus fauces abiertas rozaron mi cuello; ya en el suelo me giré y se abrió mi capa; un hilo de sangre bajó hasta mi pecho y un destello invisible frenó su ataque en seco. Su mirada se clavó en la mía, su lengua recorrió mi cuerpo que olisqueó primero y sin un rasguño se dio la vuelta; un aullido rompió el silencio, me miró en la distancia y entendí mi sueño. Su misión era matarme, acabar conmigo en mi último resuello. ¿Por qué me dejó libre? mi eterna pregunta y mi único consuelo.
Y bajo mi capa púrpura agarré fuerte mi cuchillo, empecé a planear como mis pájaros podían hacerse con su vuelo. Lo siguió mi lechuza, mi ave de noches en vela, la más firme, la que era mi hermana en ese tiempo.

Corrió kilómetros a paso acelerado, ella lo seguía con su aleteo, me llegaron noticias, supe que había cruzado siete ríos, siete sueños.