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jueves, 7 de octubre de 2021


Me balanceo sobre la punta de los pies,

en el finísimo hilo de la cordura.


Sólo el huracán podrá anclarme.


Ahí se sostiene esa parte de mí

que siempre apunta al cielo,

en la flecha que reside lo que 

no tiene dueño, hora, ni precio.





domingo, 7 de febrero de 2021

Lilith, non sexas Eva

 

As fillas de Lilith son as que levan os barcos sen timón cando caen pola borde do fin do mundo; as que recuperan o norte despois de terse botado ó precipicio.



Elas sobreviven sempre ó deserto, á auga, ó tempo.

Viven noites en vela sen esperar que suba ou baixe a marea.

Palilleiras maxistrais dun tempo roubado, tecen paseniño fíos brilantes, esperando un mencer de faiscas, de lumes dourados.

Non son matronas de nenos loiros coma a cervexa; elas paren pesadelos, son nais de guerrilleiras das noites sen lúa pero coa fronte  acugulada de estrelas.


Eu fico á súa veira, eu fico con elas.



sábado, 10 de noviembre de 2018

Mi Lobo. Cuarto Aullido.



Me atacaron una noche oscura, como la verdad y la ceniza, me desmontaron del caballo, de mi yegua querida.
Sucedió entrando en el bosque, en el cubierto de los druidas; salieron hombres y lobos de la nada atacando como jauría.
Tendida en el suelo me iban rodeando a un paso de la guarida; la primera en llegar fue una loba blanca como una luna encendida. A lo lejos se oían gritos y pasos, ruido y miedo en forma de algarabía.
No podía moverme, unas patas poderosas me clavaban los hombros contra la hierba fría, y unos dientes afilados bailaban cerca de mi garganta cristalina.
Me dolía el hombro izquierdo, las piernas no me respondían: invoqué a todos los dioses, llamé a cada una de las madres de la historia, y también a los hombres ya muertos; a todos los guías.
Algo salió de la nada, enfrentándose a las antorchas encendidas, suave y rápido pasó sobre mi un pelaje reconocido, cayendo sobre la loba blanca, se deshizo el nudo que me sostenía.
Caída en el suelo la sangre salpicó mi cara, mis manos y mi vida.
El de dentellada certera cercenó aquella vida; la loba blanca gimió en su último estertor de vida.
Él se giró hacia mí, con el hocico sanguinolento y una expresión desconocida, quise levantarme y caí de nuevo como un saco de paja, como una piedra en el fondo del río.
Tenía un hombro dislocado y en la pierna una fea herida. Los otros se acercaban, había funcionado la trampa, ya estábamos él y yo fuera del bosque a su merced; sin cobijo y casi sin salida.
Se colocó ante mí, con su estampa poderosa y sombría. No aullaba, estaba preparado, era momento de cacería.

Tembló mi mano derecha, rebuscando entre mi capa hice un conjuro prohibido, magia de sangre, algo que quizá me condenaría: Me arrastré hacia la loba muerta, saqué el puñal de la cinturilla, abrí mi talega y con mi sangre y sus vísceras pronuncié las palabras prohibidas.
Cayeron cinco lobos y nueve hombres, muertos yacían al momento sin vida, sus antorchas rodaron con ellos y un relámpago iluminó los confines del bosque, había llamado a la muerte y un fuego grande pronto nos consumiría.
Todo se puso blanco, mis manos, mi ropa manchada de sangre y el que hacia mí corría.

Agarró con sus dientes mi capa y tiró de mi hacia la espesura, me venció un sueño inevitable, el dolor del brazo y la pierna ya no existía.
Tiempo después, una sensación húmeda me despertó, quizá habían pasado sólo unos minutos o tal vez días, una caricia fría me recorría, unos lengüetazos limpiaban las heridas de mi rostro, y la sangre seca que se desprendía.
Al abrir los ojos vi al lobo a mi vera, con una lanza clavada en su cuarto trasero, y una expresión infinita.
Me vi en un pequeño claro, y a lo lejos destellos de fuego que todo lo consumían.
Había un riachuelo cerca, con esfuerzo me incorporé, aún tenia mi puñal, mi capa y mi vida. No pensaba rápido casi como en un sueño me movía, cogí una rama del suelo la mordí con firmeza y di un tirón seco a mi hombro, recolocando mi articulación dolorida. Me subí la falda y, toda empapada de sangre evalué mi herida, rasgué un trozo de tela de mi enagua, la até a mi pierna con fuerza por encima de la rodilla, me arrastré hacia el río, y en su orilla me limpié y suturé con prisa mi herida.
El lobo parado al borde del río me acompañaba con la cabeza gacha y la mirada ida.
Había que mitigar el fuego, y yo ya no tenía fuerza ni esperanza en que otro conjuro nos salvaría, pero como si los dioses hubiesen visto el ataque, se desencadenó una lluvia fría, un canto venía del centro del bosque, como una letanía. Cayeron gotas gruesas y pesadas durante dos días, un humo negro surgió poco a poco de las llamas encendidas.
La hechicera había conjurado desde su cabaña a la lluvia; yo me estiré en la hierba húmeda y el lobo se acurrucó por primera vez a mi vera, con su pata herida.
Estiré mi mano y acaricié su pelaje espeso, manchado de sangre que se diluía; al fin los rayos del alba llegaron a esa noche sombría, la noche había sido larga y teníamos que encontrar un cobijo una guarida.
Él estaba débil, seguía con la lanza clavada, y sin suturar la fea herida.
Una vez mas, me salte las normas, y con la respiración entrecortada tiré de la lanza que al abandonar su carne fue acompañada de un hilo grueso de sangre; había que taponar la herida.
El lobo soltó un alarido profundo y enseñó los dientes blancos antes sumirse en un sueño inquieto, seguramente de fiebre y pesadillas.
Procedí con mano firme a curar su herida, toqué su hocico, que ardía, separando su pelaje lavé suavemente la sangre que surgía.
Hice dos emplastos, los apliqué en sendas heridas, la suya y la mía, la lluvia persistía.
Con dificultad me puse en pie buscando un cobijo, vi un pequeño saliente cerca de la orilla del río.
Apreté los dientes y tiré del lobo inconsciente arrastrándolo lentamente hasta la poco apropiada guarida.
Dejándolo allí busque bajo el saliente madera y hojas secas, hice un pequeño fuego, y puse mi puñal en él, con la punta al rojo vivo cautericé su herida; abrió los ojos y se revolvió sólo un segundo hasta que se deshizo de nuevo en alaridos.
Me senté a su vera, manteniendo el fuego, esperé a que su pelo y mi pelo se secasen, rezando para que saliese pronto del sueño; lo abandoné unos minutos largos, haciendo trampas, intentando cobrarme alguna presa, y dos días me llevó obtener algo de comida.
Al final cayeron dos liebres, suaves como el terciopelo, agradecí a la madre tierra, procedí a desuello; asé ambas siempre en el mismo fuego, comí un poco y baje al río.
Me desnudé y me lave el pelo, la ropa ensangrentada se iba clareando del carmín en aquel lecho de rocas helado como el infierno.
Volví con la ropa hecha un ovillo y desnuda junto al fuego.
Ambos seguíamos vivos.


domingo, 12 de junio de 2016

Mi Lobo.Tercer Aullido



Y me llegaron noticias, noticias de huida, de un lobo que corría como el viento por no saldar su deuda, por salvar su vida. Una deuda contraída por su estirpe, muchas lunas antes, tantas como siglos, con un brujo que quería dominar la Herida, hacernos siervas y sumisas. 
Hacer olvido de nuestras hierbas, de nuestras danzas, de nuestros encuentros que desde aquel entonces se hacían a escondidas. 
Lanzaba manadas de lobos contra nosotras, las elegidas. Él, aunque poderoso, sin la ayuda del lobo, no nos vencía. Ansiaba borrar nuestras señas, las de la madre artemisa, los conjuros, nuestra herencia de druidas.  

Y él, mi asesino, corría y corría renegando de la línea de su sangre, hacia su estigma, hacia su propia elección de vida. No hallaba ya donde esconderse, ni riachuelo ni cueva le servían de guarida. Lo cercaban los hombres, con hoces y antorchas encendidas. Lo veía cada noche corriendo por la campiña.

Siete días después, entró en nuestro viejo bosque, El Cubierto de los Druidas, tierra sagrada, prohibida para hombres y lobos, prohibida para los que no nos entendían. 

Sus perseguidores quedaron fuera, temerosos de las muchas maldiciones que en ese bosque se cocían. Allí en ese lugar no lo seguirían, tenía hambre, sed y poca experiencia aún en esa vida; no sabía que era ya un prófugo, un condenado, por no ejecutar a la mendiga. Ya no había tiempo, ahora él, me pertenecía, el no haberme matado cuando mandaba la profecía, significaba eso que la sentencia  era  falible que el vaticino del Oráculo Rojo no se cumpliría: matar a la muchacha la noche en que soñase con magas, dientes de lobo, sangre y heridas.

Había que aprender una lección profunda, silenciosa y sencilla: los que encadenan su nombre en el cielo no se exterminan.

Él era el último lobo negro; ella la última descendiente sana de la Herida, cada uno con su cadena, cada uno en su mantra de elegía.

Cayó desmayado al suelo, ni un sólo músculo le respondía, siete ríos, siete sueños en siete días... Pensó que había llegado su hora, cuando su hocico no se alzó del suelo ante la aproximación de una sigilosa sombra, pisando suave la hierba movida por la brisa. Trajo agua fresca que caía suave y lenta por su piel mullida. Durmió horas, tal vez días y yo lo miraba desde el conjuro del agua preguntándome el porqué de todo aquello y si sobreviviría.

En el bosque quedaba sólo una hacedora de pócimas, cansada e intranquila, sus ojos azules se habían hecho ciegos, únicamente sus manos veían.

Tenía hambre, sed y sus patas en carne viva. Se levantó suave, hasta la cola le dolía, y siguiendo el murmullo del río pronto llegó a la orilla. Lentamente avanzó, mojando las patas heridas, soltó un ligero gruñido y cerró los ojos llenos de mariposas encendidas, estuvo quieto un rato, olisqueando el aire, agudizando el oído. Intentando saber cuán lejos estaban los hombres que lo seguían.

Cuando sentí que se alzaba, recogí mis pertenencias, hice un hatillo, apreté la talega estrecha entre mi cuerpo y la camisa de lino, fijé a la cinturilla de mi falda mi puñal, engarzado con piedras del destino, cubrí mi cabeza y cerré mi capa, monté sobre el lomo de la sombra y, rauda, me puse en camino. 

Debía llegar antes, antes de que los hombres ardiesen el bosque, antes de que el lobo volviese y cercenase mi suave cuello con una ira desconocida.


domingo, 15 de mayo de 2016

Mi lobo. Primer Aullido



Hoy quiero hablaros de él, hoy quiero hablaros del lobo que me sigue y que me acompaña, que se queda a los pies de mi lecho y que siempre, siempre se bebe mis lágrimas.
Quiero contaros como su pelaje oscuro me acurruca en las noches de invierno y como sus fauces son mías en cada batalla. Quiero que sepáis que mi fuerza es su silencio y mi paz su sueño tranquilo, que se anticipa al deseo y a la guerra bailando en torno a mi cuerpo, que el lobo y yo caminamos juntos, muchas veces en silencio. Que va unido a mi alma desde cachorro, desde el primer aullido a la luna de aquel febrero.
Sabe mucho más que yo sobre el deseo, sabe antes que yo misma cuando comenzamos a descender al infierno, y si me paro, me mira directamente a los ojos, diciéndome, sígueme, no temas, no nos vencerán los miedos. El lobo siempre fue lobo, y nunca será otra cosa aunque lo obligue el tiempo. Es la voz interior, es el compañero que te dice sigue hacia delante, sigue, aún cuando no haya nada cierto; mi lobo es huérfano. Es libre y no tiene dueño, es todo lo que no me atrevo a ser cada noche, cada día en el mundo real poético.

Vive como si cada día fuese el último regalo, como si para él no contase el tiempo, le gusta regalar sus pestañas, a todas las que siguen su rastro en las sendas del tiempo. Camina cada noche casi 100 km, a veces a paso largo, otras veces desde el sueño. Está siempre ocupado tejiendo desvelos, desaparece algunas veces, pero nunca por mucho tiempo, siempre recuerda el camino a casa y no le preocupa hacerse viejo.

Mi lobo juega con las hadas de cabello corto y cota de malla, es divertido y escandaloso pero nunca cuando ataca, cae en profundo sueño después de sobrevivir a largas batidas de caza.

Sabe cuáles son las presas, las piezas más deseadas, y en un acto incomprensible, deja con vida a alguna y las hace parte de su manada. Sólo conozco a una, que soy yo misma vestida y desnuda en su mirada.


En las noches claras de luna llena y cálida sube a lo alto del cerro y aúlla como sólo él sabe hacerlo, invocando toda la magia. Tiene cola larga y le gusta andar sucio lleno de recuerdos y palabras, nunca lleva escudo, ni armas que no sean sus danzas. Cuando el lobo baila, lo hace siempre antes de la caza; no da explicaciones, no las ve necesarias, es más sincero con su silencio, y con sus carreras por los montes en cada noche estrellada. Vive en consecuencia a su instinto a él no le importan las otras camadas. Come, duerme y sueña, ronca y ronronea como si supiese que antes que él no hubo ayer y que después de él no habrá mañana. Y esto sólo lo digo ahora, porque antes simplemente lo odiaba.