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| Óscar Millarengo. |
Quieren hacer de nosotras
muebles endebles
con carcoma.
Quieren que aceptemos sus
normas a cambio
de migajas de cariño y apoyo.
Quieren, algunos hombres,
algunas familias y
todas las sociedades que seamos la respuesta
correcta, el icono representativo
de mujer que
se han inventado.
Pretenden que con un te
quiero condicionado
seamos incondicionales; que asumamos que
por nuestro rol tenemos que
proyectar su idea de
madre, su idea de “lo correcto”.
Lo que entienden como
perfección.
No soportan que nos
rebelemos, que saquemos a la luz, cuando lo que somos choca con
ellos, sus miserias y sus
limitaciones.
Es en ese momento cuando
atacan por donde duele, cuando te condenan al silencio, o te
señalan con el dedo gordezuelo de cura medival.
Hay infinidad de
variantes.
Entonces tú, mujer, te
das cuenta de que no te conocen realmente y que esa parte de ti,
que
te hace ser lo que eres y no otra
cosa, no la han visto.
Probablemente han
visto tu pelo, tus ojos brillantes o cualquier otra parte de ti que
te
identifica pero que no te define.
Han visto lo que no es tu esencia.
Descubres que su
querer, su apoyo, a parte de ser condicional, es también
condicionante.
Y retomas el camino para
poder seguir en tu piel; te reafirmas en esa esencia que no ven,
que
no entienden.
Te rebelas una vez más,
te pones tus bragas de feminista adulta y el chubasquero amarillo
de : “me resbala” para obviar
las frases lapidarias como: “Eso no es propio de ti”, “siempre
estás igual”(por decir dos).
Y mientras vas con tu
chubasquero amarillo y tus bragas de feminista, tienes la suerte de
encontrar a otras personas que sí te
ven, que miran de frente y no de reojo, y te apoyan y
te reafirman y
te lo dicen, con o sin
palabras, y eso hace que te sientas menos inadecuada,
más tú, más
libre.
Estas personas son las
que hacen que la vida valga un poco más la alegría y no la pena.
Porque como leí por ahí
no hace mucho, y ahora versiono:
“No buscamos quien nos bese en
París, buscamos a quien nos ame
en Vietnam”.